José Honorio Martínez Ochoa

Tus ojos son la hoja radiante del amor

Tus ojos son la hoja radiante del amor

Durante el día
resplandecen
y su luz se desliza
sobre la muralla lívida de hiedra.

Hay en tu mirada
una claridad que permanece
incluso cuando la tarde
comienza a retirarse.

Tu amor brilla silenciosamente
en el occidente que tiembla
bajo el verano.

Trae buenos vientos.

Hace ondular una luna ligera
que parece adormecerse
entre las cortinas de junio.

Y la noche,
lentamente,
reposa sobre tu belleza.

Oh, brillante árbol:

sobre tu cuerpo
parece filtrarse tu nombre.

Te adormeces
mientras alrededor de ti
el aire acaricia tus cabellos,
y yo permanezco allí,
como un guardia
que cuida los ecos de tu voz.

Algo de ti
se injerta en mí.

Algo de tu mirada
retoña en mi alma
con una luz que no sé nombrar.

Estoy inclinado hacia tus relieves,
hacia la creciente caricia
de tu imagen de fuego.

Quiero permanecer
dentro de ese círculo
donde tu presencia reúne
sus propios territorios:

la piel,
la respiración,
el silencio,
el temblor.

Quiero sentir tus latidos
como quien escucha
una música muy antigua
que llega desde lejos
y, sin embargo,
parece haber estado siempre
dentro de nosotros.

Pronuncio tu nombre
en voz baja.

Y el nombre
se vuelve paisaje.

Se vuelve viento.

Se vuelve agua.

Mis ojos son agua
en tus regiones.

Y quizá amar sea eso:

entrar lentamente
en el territorio del otro
hasta que la distancia
deje de ser distancia,

hasta que la mirada
deje de mirar desde lejos

y encuentre,
en el cuerpo amado,
el lugar donde permanecer.