No esperamos el estruendo
ni la llegada de una barca cargada de certezas.
Tampoco el milagro que incendie de pronto la intemperie
o descifre la caligrafía rota de los años.
Lo que esperamos
es algo más humilde y más hondo:
una pausa limpia en el engranaje del pecho,
un silencio que no pese como una ausencia,
sino como una casa que al fin abre sus postigos.
Esperamos el instante exacto
en que la memoria deje de pedir cuentas,
en que el tiempo no sea una herida que gotea
sobre el mantel de la cocina,
sino la sombra mansa de un árbol
que aprendió a quedarse quieto.
Buscamos, sin saberlo,
la mirada que no exige explicaciones,
el tacto de una mano que reconoce en la piel
el mismo polvo, la misma sed antigua,
el peso del cuerpo que se descalza
y encuentra la piedra firme bajo la suela.
Esperamos la tregua:
saber que todo lo perdido
cumplió su oficio de raíz,
que basta estar aquí, en la penumbra,
con las manos vacías
y la saliva tibia sobre la lengua.
Antonio Portillo Spinola ©