Sin bioquímicas que alteren el paisaje,
somos una roca de neutrones en el hielo;
nada la mueve, nada altera su viaje,
mientras orbita en su propio desconsuelo.
Al final del balance, en la cifra remota,
se apaga el ruido de la vieja porfía:
no queda espacio para la derrota,
no hay triunfo, ni pena, ni alegría.