Hay un niño en la montaña
que le habla bajito al viento,
y el viento, que nunca miente,
le devuelve su silencio.
No corre tras la algarabía
que enciende a los demás niños;
él mira una hoja caer
como quien lee un libro limpio.
Su mundo es un jardín cerrado
donde no entra el ruido extraño,
solo el vuelo de un colibrí
y el olor manso del año.
Dicen que vive distinto,
que su lengua es otro río,
pero yo lo he visto reír
con la luz de un mediodía.
Inocencia no es no saber,
es no cargar con la mentira;
él no aprendió a disfrazar
lo que el corazón respira.
Así florece en su silencio,
como florece la guaria,
sin pedir permiso al mundo
para ser lo que se llama.