JordiCris ✍️

El Apocalipsis: Los cuatro jinetes del spleen.

Imagen creada por IA por el autor para recrear la narración (art.50.1)
 
I. Charles Baudelaire: el caballo negro.
 
La noche abrió sus párpados de ceniza sobre París,
ciudad de los ahogados, y un ángel,
con las alas deshojadas,
tocó la última campana de ese frío invierno.
 
Entonces retumbaron cuatro golpes en la niebla.
No eran truenos. ¡Eran cascos!
 
La luna, como un cáliz enfermo,
tembló sobre los tejados,
y el Sena guardó silencio
entre sus puentes
como quien reconoce el paso de los muertos.
 
Venían los poetas malditos, no coronados de gloria,
sino de insomnio, cabalgando hacia el fin del mundo
 
El primero montaba un caballo negro.
 
Negro como el vino que pudre la memoria,
negro como el humo de las alcobas,
negro como la negra flor que nace sobre un cadáver.
 
Era Baudelaire.
 
Su capa arrastraba todas las tardes de París,
los perfumes imposibles y hediondos,
los de las prostitutas y el de los mendigos
y los cuervos que anidaban en los corazones.
 
No llevaba guadaña. Llevaba un libro.
 
Y cada verso suyo, al caer sobre la tierra,
convertía cada rosa en pecado
y el pecado en belleza.
 
—¡Yo soy el Hastío! —dijo—,
la muerte que sonríe entre los lirios,
el rey de las ciudades que envejecen
y bufón de los callejones de cenizas.
 
Su caballo negro respiró sobre la noche
y las farolas se apagaron una a una.
 
II. Arthur Rimbaud: el caballo rojo.
 
Detrás de él llegó el fuego
en un caballo rojo que rompió la niebla
como quien infringe una herida abierta.
Sus crines eran llamas, sus ojos amaneceres furiosos.
 
Sobre él cabalgaba Rimbaud,
el muchacho de pólvora y relámpago
con los bolsillos llenos de estaciones perdidas
y una bala de sol entre los dientes.
 
No conquistaba reinos. Los incendiaba,
pues por donde pasaba, las palabras,
dejaban de obedecer a los diccionarios,
los ríos cambiaban de color
y los santos despertaban de sus tumbas.
 
—¡Yo soy la Guerra! —gritó—,
pero no la de los ejércitos, sino la del alma
contra la cárcel de no ser uno mismo
y la guerra contra el mundo.
 
Su caballo rojo golpeó la tierra
y de la grieta nació un verano salvaje;
entonces partió hacia su barco sin amarras,
más ebrio que él, para iniciar su caótica
y alucinante travesía.
 
Navegó tan rápido que se salió del océano
y fue el primero en llegar y atravesar el Estigia
para verse cara a cara con Hades. Sin más formalismos.
 
III. Paul Verlaine: el caballo blanco.
 
El tercero no llegó entre llamas, sino bajo la lluvia
con un corcel níveo, pero no como la nieve,
sino como la blanca bruma parisiense.
El caballo blanco avanzó lentamente,
blanco como una carta nunca enviada,
como una sábana tendida en la ventana de un hospital.
 
Era Verlaine.
 
Traía la música consigo colgada de los hombros
con una copa vacía en la mano y la boca bien seca,
tanto como la tristeza de todos los amantes
que dormían entre sus párpados.
No blandía espada. Blandía una triste canción
que hizo llorar a los lobos cuando pasó junto a ellos
porque el canto hablaba de perder la sabiduría
entre romances sin palabras.
 
—¡Yo soy la Conquista! —susurró—,
porque nada vence más que el deseo,
ni ejército alguno derrota a quien ama hasta perderse
porque quién ama:
“enjuaga el llanto del alma cuando llora
y lo perdona todo con su sonrisa amante”
 
El caballo blanco iba dejando huellas de agua
sobre las calles de París, y en cada charco
se reflejaba un rostro que había amado demasiado.
 
IV. Stéphane Mallarmé: el caballo pálido.
 
El último tardó en aparecer,
pero antes de llegar, primero:
se apagaron todas las estrellas del cielo.
Luego el viento. Después, los nombres.
Y del fondo de un silencio sin orillas
surgió el caballo pálido, azul de luna, gris blancuzco,
como el de una página en blanco.
 
Sobre él cabalgaba Mallarmé.
 
Parecía hecho de niebla y pensamiento,
como si el mundo aún no hubiera decidido
sí concederle un cuerpo o convertirlo en ausencia.
Su rostro era pura incógnita.
 
Sus manos, dos pájaros inmóviles.
 
—¡Yo soy la Peste! —dijo sin voz—,
la enfermedad del lenguaje,
el vacío que devora las cosas
cuando ya no queda palabra para nombrarlas
y el Fauno se echa una siesta.
 
Y el caballo pálido respiró. Y Mallarmé
inició su revolución usando el espacio en blanco
y el verso libre lanzando una tirada de dados
que nunca aboliría el azar. Entonces:
 
Las torres perdieron sus campanas,
las flores olvidaron sus colores,
las amantes se marchitaron esperando
                              y el cielo quedó suspendido
sobre una inmensa página blanca.
 
V. El Apocalipsis.
 
Los cuatro se detuvieron: Negro, rojo, blanco y pálido.
Los cuatro colores contra la eternidad y…
 
… Baudelaire alzó su libro. Rimbaud encendió la madrugada.
Verlaine dejó caer una lágrima. Mallarmé cerró los ojos.
 
Fue cuando el mundo comprendió
que no venían a destruirlo sino a despojarlo,
a quitarle el ruido, la costumbre y la mentira
de todos los días repetidos, hasta dejar sólo aquello
que puede arder en un verso.
 
Los cuatro caballos se alzaron sobre sus patas,
y el Apocalipsis abrió sus siete sellos.
Pero no salieron: Ni el hambre. Ni la guerra. Ni la peste. Ni la muerte…
 
Solo salió la poesía. ¡Pura poesía!
Una bandada negra desde Baudelaire,
un incendio rojo desde Rimbaud,
una lluvia blanca desde Verlaine,
un silencio azul desde Mallarmé.
 
Y París, bajo los cuatro jinetes, no murió.
Se convirtió en poema en un verso libre
creando el espacio en blanco
que rompió la formalidad creando el simbolismo
de una nueva realidad y lenguaje;
y, Paris, bien valió una misa.
 
Desde entonces, cuando la noche golpea cuatro veces,
los tejados y el Sena callan bajo la luna,
y hay quienes dicen escuchar cascos.
 
Yo sé que son ellos, los malditos,
¡mis amados malditos!
Cabalgando hacia el fin del mundo,
para que el mundo, al terminar,
aprenda por fin a decir sus nombres.
 
CRISPÍN
Mi poesía
Poema Nº119
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