Por fin, y a pesar de las severas y bien fundadas dudas de sus profesores, don Antonio había alcanzado los laureles de la arquitectura.
Era todo cincel y era caliza y era cerámica de azulejos rotos. Manejaba sus lápices curvos con la libertad de un niño chico. Poco a poco a su nombre le salieron ramas y hojas y le propusieron erigir un templo con andamiajes de hierba verde y conchas de caracoles.
Ese encargo desató su locura. Descortezaba madera de granito y soñaba con nidos de cigüeña en las copas de los mármoles. Todo decían sus bocetos de agua. Las líneas de fuga se le enredaban en la cabellera mientras colgaba en sus muros de aire filigranas de cal morisca con forma de berenjena.
Don Antonio dibujaba con el fervor de un monaguillo los rostros de los lirios, los ojos de los peces, y cada uno de los huesos y huesecillos de los brazos y de los dedos de su insólito templo. Estuvo dibujando horas, días, meses hasta que por fin consiguió plasmar la idea.
Ramas y hojas
del níquel de los pobres
dentro del templo