No me quiero levantar,
el colchón me tiene preso,
siento en el cuerpo un exceso
que me impide caminar.
El reloj quiere sonar,
su ruido rompe la calma,
pero se me duerme el alma
si miro la luz del día.
Prefiero la cobardía
de no mover una palma.
El reloj sigue su andar,
mientras yo miro el tejado,
en el mueble sepultado,
sin ganas de caminar.
El deber puede esperar,
ya que el sueño me gobierna,
en esta desidia eterna
que me arrastra a la quietud,
robando mi juventud
con su caricia moderna.
Mañana lo haré, me digo,
con la mente adormecida,
viendo pasar hoy la vida
sin un plan y sin abrigo.
El silencio es mi testigo
de este tiempo que devoro,
un descanso que yo adoro
aunque me robe la acción,
apagando la intención
de alcanzar algún tesoro.
La tarea se pospone
para un tiempo indefinido,
el impulso está dormido
sin que nada lo detone.
Que el destino lo dispone
es la excusa del momento,
dejo libre el pensamiento
para no mover las manos,
viendo días muy lejanos
en un limbo de tormento.