¡Oh, Yoyontzin!
Mucho he sufrido
al ver perderse la naturaleza
que el universo, envuelta en celofán,
un día nos dio.
Poeta, culpable
de recordar al cenzontle,
ave de cuatrocientas voces,
mientras entre los árboles
la atonía se esparce.
¡Oh, mensajero de los dioses!
No hay nada más cruel
que la agonía existencial:
perder la unión
con la madre tierra.
¡Oh, esclarecido Yoyontzin!
Si no hubieras
elevado tu poema,
quizá hoy se viviría
sin saber de esos cantares
que llegaban al cielo.
Y a lo mejor mi alma
habría pasado de largo,
sin saber que en estos lares
se escuchó, por instantes,
el canto de los saberes.