La tarde rascaba
sus pulgas,
y yo,
humano asumido,
merendaba recuerdos
en tu nombre.
La vida,
en su rincón
de siempre,
exoneraba la prisa
y hacía lenta
mi respiración que evocaba.
A veces,
me precipito en nombrarte
desde antes que amanezca,
como si fueras
el brillo que enciende la mañana.
Siempre cuento
las certezas
con números impares,
evito las dudas,
y tercerizo las omisiones.
Pero aquí me ves,
colgado de una rama
que sobrepasa mi esperanza.
Y no sé si es ausencia,
o es mi yo terco que contradice,
como sea,
la tarde avanza
y sabe a mermelada
de pomelos.