José Luis Barrientos León

Las Aguas Mudas

 

Mira el cauce gastado, viejo maestro de mis ojos,

el hilo de agua que ya olvidó su propio oficio de música.

Lo que fluye aquí no tiene voz ni memoria;

es un cadáver líquido flotando en su propia orilla.

Esto que contemplamos ya no coincide con su nombre.

 

¿Hacia dónde se retiró la sombra de las copas?

La tierra desvestida muestra una osamenta de tierra seca.

Donde habitaba el verde, ahora bosteza la nada.

El contorno del follaje existe solo en mi pensamiento,

porque afuera, el espacio está limpio de milagros.

 

La madera de la nave reposa inútil sobre el fango,

un instrumento ciego para un oficio que se ha extinguido.

Sin la plata escamosa latiendo bajo el oleaje,

el hogar reclama el último sacrificio de las tablas:

convertir el viaje en una breve ráfaga de fuego.

 

Aprenderemos la agricultura del desastre,

hundiendo las manos en el polvo de los palacios caídos

para forzar un brote entre los fragmentos de la cal.

Es hora de asegurar las puertas contra el horizonte,

de pasar los hierros y clausurar la mirada.

 

Si el color ha sido desterrado de las colinas,

¿en qué geometría secreta labrarán su geometría las alas?

No habrá arquitectura de oro ni dulzura en las celdas,

porque el desierto no alimenta las colinas del aire.

Esto que pisamos es solo una distancia vacía.

 

Un aire denso cruza la llanura como un verdugo herido,

arrastrando el peso de los errores que cometimos en silencio.

Trae en sus ráfagas un tinte oscuro de culpa vieja,

un rumor de que todo ha terminado,

mientras la tarde herida se desangra sobre el polvo.