Para caer en el abismo sin pie
más que quitar la isla, la idea
más subversiva y peligrosa de mi vida
fue abandonar el cuerpo
y correr un sábado de marcha
sobre el laberinto de basura,
del barrio de Malasaña.
El eco ensordecía las barras,
la luna triste bajo el efluvio de hierbas
deformaba cabezas risueñas
en la plaza Dos de Mayo.
Una promesa de agua en el grafito,
que rozaba la sombra, el detalle a recordar
si sobrevivía a esa noche de tormenta.
Recuerdo que babeaba bajo el olor
a jabón amarillo colado con la grasa de res
con el hedor de la pintura fresca
donde derrumban muros
sin posibilidad de cimentar la casa.
Casa que se iba a bolina
cuerpo que fustigaba arpegios
borbotones de sangre retenida
bajo el mantel plástico,
la inútil cama del deseo
-descosido, de un aletear raro-
de un corcoveo parecido al estertor del soldado
vencido de muerte en el crepúsculo.
Entonces, apretujaba el puntillo de todo
lo que iría matando,
el hilo enredado en mis ovarios resecos
_el puntillo, al derecho al revés
abrigaba el desespero-
Me sobraban puntos, se escapaban otros
y yo maldiciendo
hasta caer en árbol.
del Cuaderno de la Herborista, 2011