Alberto Escobar

Roce

 

 

El roce no hace
el cariño, 
hace rozaduras. 

—No sé quién lo dijo. 


Me rocé, 
una vez, dos,
tantas que la piel
iba de un rojo
a otro más rojo.
Me rocé, 
no pensé en después,
los poros de la piel
me decían rózate,
me rocé una, dos,
tres, cuatro... 
Me rocé, 
no podía parar,
no era dueño,
ni señor, como solía.
Ahí sigo, y no consigo
zafarme de ese uno,
dos, tres, cuatro...
El estómago expectante
de la hora del roce, 
y se hace agua ya
de tarde, cuando imagina
de noche el roce, 
el roce del roce, el calor
de la fricción, el goce.  
Mi piel me pide volver 
a su blanco, está cansada.