—Tú aprietas el nudo —dijo la cal—,
metes la fiebre en la raíz del hueso
y obligas al barro a levantarse,
a pedir agua,
a gastar las uñas contra la piedra.
—Tú no inventas nada —respondió la sangre—:
solo esperas al borde del surco,
recoges lo que la lluvia desgasta
y llamas silencio
a lo que ya no tiene fuerza para arder.
—No te confunda el hambre —insistió la cal—:
yo no empujo, nivelo.
Borro la arruga de la sábana,
devuelvo el hierro al óxido
y saco el frío del fondo de la tierra
para que la carne descanse de su forma.
—Y sin embargo —dijo la sangre—,
mientras mides la sombra en la pared,
todavía tengo que abrirte la boca
para que respires.
Antonio Portillo Spinola ©