LA MECHE Y WCELOGAN 🔛

LA HUELLA DE LA PLUMA GASTADA

LA HUELLA DE LA PLUMA GASTADA

 

 

 

Tu poesía es aburrida,

siempre escrita con la pluma gastada;

la misma tinta cansada,

la misma Musa convaleciente,

la misma palabra vestida de gala

para decir, nuevamente,

que la poesía es importante.

 

Caminas por el verso

con solemnidad de procesión,

mirando al cielo por si acaso

desciende alguna inspiración.

 

Pero nunca cambias de camino.

 

Dejas una línea recta

sobre la arena del poema,

sin curva, sin tropiezo,

sin pecado ni problema.

 

Y entre tus pisadas,

puntuales como soldados,

se leen dos letras misteriosas

que avanzan a tu lado:

 

I. A.

 

Izquierda.

 

Derecha.

 

Izquierda.

 

Derecha.

 

Y otra vez la Musa,

y otra vez la pluma,

y otra vez el verso,

y otra vez la espuma

de una palabra solemne

que se cree profunda

porque lleva una túnica.

 

Hablas de la poesía

como quien descubre el fuego,

y cada poema tuyo

enciende exactamente el mismo leño.

 

“¡Oh, poesía sublime!”

“¡Oh, Musa celestial!”

“¡Oh, verso inmortal!”

 

Y el lector, desde el fondo,

mira discretamente el reloj:

 

—¿Y el amor?

 

—Todavía no.

 

—¿El desamor?

 

—Tampoco.

 

—¿La rabia?

 

—Qué vulgaridad.

 

—¿La tristeza?

 

—Puede esperar.

 

—¿La vida?

 

—Primero debo escribir

un poema sobre escribir

un poema sobre la vida.

 

La Musa bosteza.

 

La pluma protesta.

 

El diccionario, agotado,

se declara en huelga.

 

Ya no quiere proporcionar

“eterno”,

“sagrado”,

“inmortal”,

“luz”,

“alma”

ni “inspiración”.

 

—¡Busque otras palabras! —grita—.

¡Tengo millones!

 

Pero el poeta no escucha.

 

Está demasiado ocupado

escribiendo sobre la poesía.

 

Y mientras escribe,

la arena continúa recibiendo

su interminable desfile:

 

izquierda, derecha;

izquierda, derecha;

izquierda, derecha…

 

La huella permanece intacta.

 

Ni una curva.

 

Ni un salto.

 

Ni una piedra en el camino.

 

Eso sí:

 

al final de la tarde

el poeta contempla orgulloso

su larga trayectoria literaria.

 

Mira hacia atrás.

 

Sonríe satisfecho.

 

—¡Cuánto he recorrido!

 

Y la arena, que no sabe mentir,

le responde con una carcajada:

 

—No has recorrido nada.

 

Solo has aprendido

a caminar en línea recta.

 

Izquierda.

 

Derecha.

 

I. A.

 

Y mañana, seguramente,

otra Musa inmortal

volverá a tocar tu puerta...

 

para inspirarte

 

el mismo poema.

 

 

Nota:

No cuestiono que cada lector tenga sus propios gustos ni que encuentre belleza donde otros no la vemos. La literatura también es subjetiva. Pero precisamente por eso considero importante que exista una mirada crítica dentro de la poesía, capaz de distinguir entre una obra que realmente aporta algo nuevo y otra que simplemente repite una fórmula que ya ha demostrado funcionar.
La crítica bien intencionada no debería verse como un ataque, sino como una herramienta de crecimiento. Un poeta necesita lectores que lo admiren, pero también lectores capaces de señalarle cuándo una imagen se ha desgastado, cuándo una idea se repite demasiado o cuándo un poema parece decir mucho sin estar diciendo realmente nada.
Porque elogiar absolutamente todo no ayuda a crecer.
Y criticar tampoco significa destruir.
A veces, decirle a un poeta “esto puede ser mejor” es una forma mucho más honesta de respetar su trabajo que repetirle, poema tras poema, que todo lo que escribe es magistral.
La poesía necesita admiradores, sí.
Pero también necesita lectores con criterio.