Me dolió
y todavía
hay algo dentro de mí
que no termina de aceptar
que realmente te perdí.
Decirte adiós
no fue un instante
fue una guerra silenciosa
repitiéndose cada noche
mientras el insomnio
me dejaba solo
con el sonido de tu ausencia.
Te pensé
una y mil veces
como quien toca una herida
solo para comprobar
que sigue abierta.
Y sí…
te he llorado
como se llora a los muertos
pero peor
porque los muertos
al menos descansan,
y tú
seguías viviendo
en cada rincón de mí.
Dejarte…
nadie entiende
lo que costó arrancarte
de mis días.
Porque no era el miedo
a lo que decían
esas voces lejanas
hablando de ruina,
de desgaste lento,
de cómo contigo
la vida se iba apagando
sin hacer ruido.
¡No!
Eso nunca me importó.
Lo insoportable
era imaginar el mundo
sin ti.
Éramos costumbre,
refugio,
vicio,
compañía en las horas huecas.
Tú llenabas el tiempo
las alegrías pequeñas,
las noches interminables,
los silencios que parecían tragarse todo.
Y cuando el dolor llegaba
ahí estabas.
Siempre.
Como si me conocieras mejor
que yo misma.
Por eso duele así,
todavía hay noches
en que te extraño
con una desesperación absurda,
como si el cuerpo
recordara antes que la razón.
Te invoco en silencio
en el temblor de las manos,
en el vacío después de comer,
en esa ansiedad pequeña
que se instala
cuando el mundo se vuelve demasiado pesado.
Y entonces entiendo
la verdadera crueldad de ciertas despedidas
hay adioses
que no se dicen para dejar de amar,
sino para intentar
seguir viviendo.
Pero aun así…
te lloro.
Porque algunas ausencias
no se van nunca
solo aprenden
a doler más despacio.
NM de la Rosa
(México)
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