Un día dejé que el fuego se extinguiera,
dejé que el invierno, agua, frió y nieve,
anestesiaran mi alma hasta que se eleve
en la tormenta y renovada descendiera.
Ya en tierra firme proseguí al blanco,
sin desviarme ni a izquierda ni a derecha,
tensando el arco hasta lanzar la flecha
destinada a un corazón franco.
Un día emprendí el viaje sin retorno
desde mi lugar seguro, mi refugio,
lejos de la obsesión y el artilugio,
sin chantajes, venganzas ni sobornos.
La razón despierta y la visión aguda,
guardas del corazón, mis centinelas
en la miseria oculta que la luz revela
cuya morada la verdad desnuda.