Sebafel

A Dios (octosílabos)

Rebosa mi corazón
de tu pureza y silencio,
como si la muerte fuese
un teatro pasajero.
Y no hay más pavor ni llanto
si tu corazón envuelvo,
cuando abierto me fusiono
contigo en abrazo ciego.
Podrá escupirme la vida
hasta hacer un desierto
en mi corazón, en mi alma.
Mas no temeré por ello,
y aunque la fatiga siga
y aunque se seque mi cuerpo
y el mundo y su vanidad
me golpeen con desprecio
yo sé la verdad sincera,
el dictamen del Eterno,
que humilla al necio y al vano
con su rigor y su peso.
Dios es la verdad. Más prístina
que la edad del firmamento
o la evolución de especies.
Más cierto es el madero,
pues allí encuentra el hombre
calma en sus sufrimientos,
y el absoluto sentido
que da brillo a sus senderos.
En esa fisonomía,
en ese hombre y esqueleto
está todo concentrado:
aire, mar, tierra y cielo.
Más aún: en esa cruz
está colgando el misterio
del hombre y de la mujer
más profundo y auténtico.
¡Dios es la verdad, el Ser!
Y vence con denuedo
a todos sus enemigos
del más grande al más pequeño.
¡Ruge el león de Judá
y sopla a los cuatro vientos
su ira! Aborrece al impío 
y aniquila a los blasfemos.
¡Oh Señor!, tu omnipotente
derecha sobre el alero
del templo me ha colocado
para ver así el infierno:
y morir también así
a todo mundano anhelo,
dejando atrás todo vicio,
y todo cuanto yo quiero.
Abre tus alas, tu Espíritu
divino como el fuego,
llévame contigo ahora, 
y suscita en mí un incendio
tan grande, que me rostice
del alma todo deseo.
Y mi insaciable sed 
de amor, de Amor verdadero.,
apaga con manantiales
de esperanzas y sosiegos.
Quiero Dios mío, Dios mío
renacer como hombre nuevo.
Con sangre en el corazón 
he de escribir un soneto
inconcluso por ahora
como el mundo y el tiempo.
Lo terminaré después.
Tu victoria, Dios atento,
Cristo clavado en la cruz,
con vino y pan saboreo.
Y de tu infinita vida
con un gozo sempiterno
llénome. Yo por ti vivo
por ti vivo, vivo y muero.
Yo muero, muero por ti.
Y vuelvo en cada comienzo
ha experimentarte. Eres
de mi corazón el dueño.