CENIZAS DE UN SUSURRO.

El peso del hilo invisible

Escribo sobre versos, jardines y ausencias, intento disfrazar este desgarro con palabras bonitas, pero la verdad es que la poesía no me salva: sigo mirando tu silla vacía en la cocina, el teléfono mudo que ya no suena y la casa helada que me estruja el pecho.

Te busco desesperadamente en cada rincón, en la taza de café que se enfría sobre la mesa, en el eco de tus palabras que eran más dulces que la miel y en el golpe brutal de cada diez de febrero.

Todas las noches busco hacia arriba en la penumbra y elijo una estrella, la más hermosa, la más brillante, e imagino que eres tú, que estás ahí mirándome, cuidándome los pasos mientras me deshago por dentro. Te miro y me imagino tu voz, tu risa, pero la ilusión dura un segundo y el alma se me vuelve a quebrar exactamente igual que el primer día.

No hay anti-poesía, ni metáfora, ni consuelo que valga: me falta tu aire, me falta tu abrazo, me falta la vida entera que te llevaste contigo. Cada vez que te me te cruzas por la mente, me derrumbo; lloro a mares, con los ojos abiertos, en mitad de la rutina, porque quererte fue un mar infinito y este vacío es una condena que me dobla las rodillas.

Haga la poesía que haga, jamás te voy a soltar. Te llevo clavada como una espina en la memoria, en esa estrella hermosa que me observa desde el cielo, en este llanto sordo que no frena con nada y en este grito desgarrador que en cada latido me recuerda que me haces una falta insoportable.