Almohade
ORO Y CENIZA
Cruza el rico la plaza con su traje de seda,
mientras mide con saña la fortuna que hereda.
A la sombra del muro, tiritando de frío,
el mendigo contempla cómo pasa aquel río.
El primero atesora los reflejos del oro,
mas le falta el sosiego que es el mayor tesoro.
El segundo no tiene ni un pedazo de pan,
pero entiende los vientos que viniendo se van.
Una mano se estira implorando clemencia,
la otra pasa de prisa con total indolencia.
Un abismo de orgullo los consigue separar,
aunque el mismo destino los habrá de igualar.
Pues la muerte no mira los bolsillos ni el rango,
al final de la vida se confunden en barro.
Ni las sedas ni el polvo quedarán en la fosa:
ante el juicio del tiempo, cualquier alma es igual.