Tengo grabadas sus iniciales en mi pecho
como su sonrisa en mi mente,
tatuaje invisible que arde y reconforta
cuando la noche se alarga.
Ha pasado por mucho,
ha cruzado mil infiernos
y aun así tiene el coraje de sonreír,
de levantar la mirada al viento
y desafiar al destino.
Su mirada eclipsa mis temores,
y en mis recuerdos más felices
ella aparece,
luminosa entre la niebla,
como un faro que no se apaga.
¿Cómo no decir que la amo?
Si la he visto llorar y sonreír,
la he visto en la tormenta
y en la quietud,
fuerte y frágil,
humana y celestial,
siempre María José,
siempre mi hogar entre el caos.