Ante un silencio al que le sobran las palabras, bastan las posturas y las miradas.
Bajo un cielo despejado y una humedad que se siente en la piel y en cada hueso.
Mientras el ruido del tren sobre las vías se intensifica con el avance...
unos pasajeros andan absortos en el teléfono; alguno con los ojos cerrados;
otros, mirando por la ventana; y otros, con la mirada perdida, inmersos en sí mismos.
Mientras todo esto ocurre, y el tren se detiene en una estación para recoger a más pasajeros.
El observador deja de sentirse ajeno y adopta la silenciosa actitud del gato:
atento al silencio, al ruido, a sí mismo, al tren y a la imagen.
Y así, consciente y presente, el observador pasa a ser observado:
por el mismo silencio que habita el instante.
Y, al compás del mismo tren, inmerso en su propia esencia,
prosigue el viaje...