Jesús Ángel.

El tren.

 

Ante un silencio al que le sobran las palabras, bastan las posturas y las miradas.

 

Bajo un cielo despejado y una humedad que se siente en la piel y en cada hueso.

 

Mientras el ruido del tren sobre las vías se intensifica con el avance...

 

unos pasajeros andan absortos en el teléfono; alguno con los ojos cerrados;

 

otros, mirando por la ventana; y otros, con la mirada perdida, inmersos en sí mismos.

 

Mientras todo esto ocurre, y el tren se detiene en una estación para recoger a más pasajeros.

 

El observador deja de sentirse ajeno y adopta la silenciosa actitud del gato:

 

atento al silencio, al ruido, a sí mismo, al tren y a la imagen.

 

Y así, consciente y presente, el observador pasa a ser observado:

 

por el mismo silencio que habita el instante.

 

Y, al compás del mismo tren, inmerso en su propia esencia,

 

prosigue el viaje...