José Luis Barrientos León

Geografía de lo vivido ( Mi niñez)

 

Muros de frío y sombra asediaban el patio,

pero unas manos lánguidas colgaron la blancura

allí donde las piedras amenazaban llanto.

Era un pacto de felpa contra el invierno crudo.

 

Por las noches, el lienzo donde apoyaba el tedio

susurraba verdades de tinta y de utopía;

un cómplice de plumas que predecía el verso

mientras el resto del mundo simplemente dormía.

 

A ras de suelo, un rastro de lealtad sin precio,

unos ojos de fiera domesticada y buena,

tejían un refugio de calor y silencio

que iba mucho más lejos que una simple cadena.

 

Luego vino la fiebre de los cuerpos inventados,

aquella muchacha hecha de humo y de vigilia

que descorrió el pestillo de los reinos prohibidos,

dejando que la noche se volviera caricia.

 

Atrás quedaba el tiempo de imitar los gigantes:

correr tras los zapatos del hermano mayor,

retar a las tormentas con brazos de lactante

y lanzar piedras limpias contra el pecho del sol.

 

No hubo tiempo de ver las arrugas del héroe,

ni el lento declive de su paso cansado.

Una deidad absurda, distante y rigurosa,

lo arrancó de la tierra de un golpe inesperado,

cuando apenas mis pies aprendían la caricia

del asfalto del mundo, desprotegido y descalzo.