Es curioso que, en el intento de olvidarte,
no hago más que recordarte.
Mas no recuerdo todo de ti.
El tiempo, piadosamente, devoró
aquello que más amaba de ti,
y aun así no consiguió arrancarte de mí.
Ya no recuerdo tus labios
ni cómo me hacían volar.
Ya no recuerdo tu aroma,
ese que coqueteaba con mis sentidos.
Ya no recuerdo tu melodía.
A pesar de tu partida,
dejaste impregnado tu ser en mi mente.
O quizá, más bien, creaste un lugar
exclusivo para ti,
un lugar al que regresabas para visitarme.
En mil sueños me acompañaste.
En mil fantasías me llamaste.
Te adueñaste de la oscuridad,
porque tu imagen salía a brillar.
Cada luz, cada sueño,
cada parpadeo
llevaba tu nombre.
Pero cada vez aquellas visitas
se vuelven más tenues.
Tu risa se pierde
en los ecos de un lugar más oscuro
que aquel que creaste.
El aroma que antes percibía en cada esquina
se vuelve esquivo,
como si huyera de mí.
¿Por qué huyes?
¿Por qué, después de crear un paraíso para ti,
huyes de tu propia creación?
¿Por qué piensas
que aquel oasis que llena mi mente
y no me deja pensar en nada más que en ti
ya no es suficiente?
Quizás porque incluso los recuerdos mueren.
Quizás porque hasta el amor,
cuando queda solo,
aprende a desaparecer.
Y yo, que tanto intenté olvidarte,
ahora temo el día
en que finalmente lo consiga.