Hoy conseguí atravesar el día con el alma en calma, o al menos con esa calma frágil que se parece mucho a una mentira bien contada. Casi logré creer que no vives escondido en cada pensamiento mío, que no respiras entre las grietas de lo cotidiano, que no pronuncias mi nombre desde el fondo de todas las cosas.
De madrugada, antes de que la luz abriera los ojos sobre la habitación, mis manos no buscaron tu cuerpo entre las sábanas. No tantearon la noche persiguiendo la memoria tibia de tu piel. No se me quebró el pecho al encontrar, una vez más, ese vacío exacto donde antes cabías tú.
Al preparar el café, el vapor subió lento, solitario, como una pequeña nube sin destino. Hice solo una taza. No serví de más por costumbre, ni por descuido, ni por esa forma silenciosa que tiene la ausencia de seguir sentándose a la mesa.
Tampoco pasé las horas pendiente del teléfono, esperando que la pantalla encendiera tu nombre como quien espera una señal del cielo. Ninguna canción en la radio me atravesó con nuestra historia escondida entre sus notas. No miré la puerta del trabajo imaginando tu sombra cruzarla, ni inventé tu paso, ni tu voz, ni esa manera tuya de llegar y desordenarme la vida.
Al volver a casa, no busqué tu perfume en los pasillos, ni respiré el aire con la esperanza absurda de encontrar todavía algún resto de ti flotando en la oscuridad. Y sé que a las tres de la madrugada no extenderé la mano hacia el lado frío de la cama, ni buscaré el abrigo de tu piel entre las sombras, ni fingiré que el silencio puede devolverme lo que perdí.
Es más…
Te juro que ni siquiera estoy pensando en ti mientras escribo esto.