Todos sabemos de amor propio
hasta que nos enamoramos
y nos rompen el corazón.
Todos te dicen que te alejes,
que tengas dignidad,
que cierres la puerta,
que no mires atrás.
Pero hasta la persona más orgullosa
pierde un poco la dignidad
cuando ama de verdad.
Porque, ¿cómo se deja ir
a la persona a la que le diste todo
cuando, en el fondo,
todavía crees que todo puede arreglarse?
¿Cómo aceptas el final
cuando tu corazón
todavía está buscando
una manera de salvarlo?
Nos enseñaron que amarse a uno mismo
significa saber cuándo irse.
Pero nadie nos enseñó
qué hacer cuando irse
es precisamente lo que más duele.
Porque cuando aparece una segunda persona,
a veces olvidamos la primera:
nosotros.
Nos perdemos intentando comprender,
perdonar, esperar,
arreglar, sostener.
Y sin darnos cuenta,
convertimos el amor
en el lugar donde dejamos
de reconocernos.
Quizás el amor propio
no consiste en elegirte siempre a ti
por encima de quien amas.
Quizás consiste
en no desaparecer dentro del amor.
En poder amar profundamente
sin abandonarte.
Dar sin destruirte.
Esperar sin dejar de vivir.
Luchar por alguien
sin dejar de luchar por ti.
Porque amar a otra persona
no debería costarte
la persona que eres.
Y tal vez el verdadero equilibrio
no está en aprender a amar menos,
sino en aprender
a no perderte
mientras amas.
Porque puedes darle a alguien
todo tu corazón
sin entregar también
las llaves de tu vida.
Y quizá esa sea
la parte más difícil de aprender:
que a veces soltar no significa
que dejaste de amar,
sino que finalmente entendiste
que también tú
mereces ser alguien
por quien valga la pena quedarse.