A escasas cuadras de mi casa está la casa de don Crisóstomo, a quien apodan \"el Rojo\". Es un hombre viejo y muy iracundo. Cuando pierde la cordura se ve mucho más rojo y mucho más viejo. En cierta medida se parece a mí. Reconozco que hay actos y hechos de las personas que me desubican y termino como don Crisóstomo, más roja que un candelabro encendido.
Un día como todos, después de escribir unos versos, justo cuando el rayo del sol permeaba la sala en el recibidor dándole al lugar un resplandor único, me acerqué a la ventana y vi pasar a don Crisóstomo, apoyado en su bastón de madera fina y con una expresión iracunda en el rostro; parecía que de sus ojos le brotaban chispas las que difuminaba a diestra y siniestra. Aceleraba con un garrote en su mano derecha, tras de un indigente que lo había insultado.
La esposa de don Crisóstomo es una mujer entrada en años. Diría, unos sesenta y cinco o más. Su nombre es Teresa; para sus allegados, Tere. Pasa su tiempo en la terraza de su casa. Se mira seria y poco agraciada. Ata su cabellera blanca en la parte de atrás de la cabeza. Entrecruza sobre sus hombros una pañoleta de seda de color negro o, a veces, blanco. Viste como una dama del siglo pasado.
Es propietaria de varios puestos de venta de hierbas y flores en una plaza de mercado cerquita al lugar de su residencia.
Don Crisóstomo tiene una hija que no es del matrimonio con la señora Tere; se le conoce como la «TREMENDA». Este apodo obedece a su expresión facial y a su carácter fuerte, igual al de su padre. Es de aquellas que, siendo muy niña, tenía un puesto de frutas en la plaza de mercado; valga decir, se ganaba su propio sustento. Luego, se fue haciendo adulta y maneja su vida al dedillo. Ella sí aprendió aquello de que es mejor agarrar el cabestro de la vida a que la vida nos coja de cabestro.
Esta mujer tiene un hermano a quien apodan el “CASINADIE”. Este hombre tiene alrededor de cuarenta años; un personaje peculiar. Tono de voz fuerte; no habla, grita. De temperamento agresivo, vulgar, gamín, brocha como el que más, es decir, carente de educación; vive solo, por lo mismo. Tiene un camión que, además de parecer una chimenea andante se asemeja a un saco de latas viejas. En este vehículo sale todas las tardes a trabajar y, cuando lo prende, deja una estela de humo que oscurece la cuadra y que, muy seguramente, lo acompaña en el camino que conduce a su sitio de trabajo nocturno hasta envolverlo en esa nebulosa oscura en la que transita. Porque, aquí entre nos, consume droga, y cada tanto el humo se esparce silencioso por la ventana de la parte trasera de la vivienda, la que colinda con el jardín de mi casa, hablando de manera silenciosa de una historia que cree ocultar al cerrar la puerta.
Luz Marina Méndez Carrillo/17/08/2026/ Reservados todos los derechos.