La piedra no elige su intemperie:
se deja redondear por el agua,
abre grietas para que entre la escarcha
y dura diez mil inviernos
con la sola costumbre de no caerse.
El liquen, en cambio,
no busca ser eterno.
Muerde la costra fría,
inventa un verde terco entre la sombra
y gasta su humedad en sujetarse.
Hay dos formas de estar frente al invierno:
la madera que cede al peso de la nieve
guardando la resina en el centro del tronco,
o el poste seco
que aguanta la tormenta
solo porque ha olvidado cómo pudrirse.
La carne aprende tarde esa frontera.
Acepta el roce,
encoge los hombros bajo el viento
y sigue.
Hasta que un día confunde
la costumbre de no caer
con estar vivo.
Y permanece,
de pie,
cuando la savia
hace tiempo que ha dejado
de subir.
Antonio Portillo Spinola ©