Alek Hine

¿INICIOS?... ¡CON FINAL FELIZ!

—No sé cómo principiamos...
¿Tú recuerdas el inicio?
 
—No, ¡qué voy a memorar!
 
—¡¿No recuerdas cómo fue?!
 
—¿Y el motivo de tu asombro?
 
—Pues que entonces... la memoria...
 
—No te asustes, amorcito.
Te doy esta explicación:
Si del mundo somos parte,
ni siquiera los científicos
—y tampoco los filósofos—
saben si hay algún origen
de lo que se denomina
universo, cosmos, orbe.
¿Te imaginas que haber puede
—aunque vago— algún recuerdo
de lo que aun, con incerteza,
ignoramos si es suceso?
 
—Eso está muy enredado.
 
—Pues así nos enredamos.
Si en la cuántica teoría
subatómicas partículas
se entrelazan a distancia,
con mayor razón nosotros,
tan propincuos, tan cercanos.
 
—¡Me refiero a nuestro idilio!
Al comienzo: ¿Cuándo, cómo?
 
—Ah..., tampoco yo recuerdo...
de manera matemática,
con un grado tan preciso...,
ni siquiera aproximado.
Solo sé que fue intuición...
¡Y ese párvulo Cupido,
con sus flechas de oro puro!
¿No recuerdas el soneto?
 
—Por supuesto. ¡Qué presente!
Tu facundia, tu elocuencia;
tu retórico lenguaje.
¡Un soneto inolvidable!,
entre tantos que has escrito.
 
—Por favor, sin panegíricos;
no me abrumes con loores
que el rubor me sube al rostro,
y resulta muy incómodo
responder a los elogios,
aún más si son inméritos 
a criterio de uno mismo.
 
—¡Te mereces eso y más!
 
—Está bien, dejemos eso.
Continuemos con lo otro.
 
—Tú prosigue, yo te escucho,
y me pongo bien atenta,
pues tu voz... tan varonil...
también es mi complacencia.
 
—Y la tuya, deliciosa,
cuyo timbre angelical
es caricia, fina seda;
tu sensual modulación,
femenina exquisitez...
 
—¡Para, para! Mis mejillas.
¿Qué no miras mi sonrojo,
este cálido arrebol?
 
—Ah, ¿ya ves? Las alabanzas
no resultan nada fáciles...
 
—Pues de sobra yo lo sé;
como fémina bonita,
los piropos en la calle,
en el súper, en el mall.
 
—Te comprendo, pues lo mismo
hay intrépidas mujeres
que me lanzan sus halagos,
inclusive hasta sus prendas...
Y ya vi, te dieron celos.
Ven, volvamos a lo nuestro.
 
—Bien. El hilo retomemos.
 
 —Pero no con esa cara.
 
—¡Pues no tengo más que \"aquesta\"!
 
 —Anda, ven, siéntate aquí. 
 
 —Está bien, me convenciste. 
 
—Y ya ves que hasta los celos
—que hay en todas las parejas,
por el vínculo amatorio—
están bien entrelazados;
forman parte de nosotros,
pues son celos exclusivos,
al igual que los obsequios,
los recíprocos encomios.
Nos volvemos a tratar
ídem que otras ocasiones,
como dos enamorados.
Así fue, sin darnos cuenta,
que caímos en el hondo
sentimiento del amor.
Su papel jugó Natura:
Aleteo, mariposas,
ese hueco en el estómago,
esa falta de apetito,
la vorágine, el deseo...
 
—Tienes toda la razón...
 
—Y lo dices musitando.
Esa fuerza de Natura;
lo biológico, la química...,
esa química entre ambos.
Ahí no hay incertidumbre
—Heisenberg se queda fuera,
yo no aludo a su principio
de la indeterminación—.
 
—Qué bonito has explicado.
Tú me tienes encantada...
 
—Lo declaras en tal forma
que me causa tu susurro
un temblor inapelable.
 
—Yo también estoy ansiosa.
¿Qué no ves mis labios trémulos,
humectados y brillantes?
 
—¡Carpe diem. La vida es breve!
¡Para luego ya es muy tarde!
 
—Disfrutemos el momento.
 
—Ven, comamos y bebamos
—en sentido figurado—,
que mañana moriremos,
como dice aquel profeta*.
Y seamos consecuentes
con la gran filosofía
epicúrea y sibarítica:
Ingiramos las delicias
de la venus en la cama.
 
—¡Y saciémonos de gozo!,
¡y murámonos extáticos!,
sin tomártelo a la letra.
 
—Obviamente no, mujer.
¿Quién querría sucumbir
de manera literal
en un éxtasis erótico?
 
—Vamos, pues, a nuestro edén,
a comer de la manzana,
como Adán y como Eva,
mutuamente complacientes.
 
—¡Verdaderos hedonistas!
Come, I want to hold your hand;
enlacemos nuestras manos
como trépido preámbulo,
que el remate es imperioso:
Nos aguarda el arrebato,
el delirio, el frenesí,
tras pasar la regia puerta...
 
—Sobre nuestro muelle lecho
por celeste paraíso...
 
—Observados por los ángeles
y por Dios omnipresente...
 
—Entre nubes de algodón,
blancas sábanas de seda...
y variadas posiciones...
 
—Y en la última postura,
¡alto culmen apoteósico!
 
—¡A sufrir la muertecita!,
abrasados por el fuego
impetuoso de los dos...
 
—En ustión, ¡final feliz!
 
 
 
 
* Isaías 22:13
 
miércoles , 29 de julio de 2026