—¡Te mereces eso y más!
—Está bien, dejemos eso.
Continuemos con lo otro.
—Tú prosigue, yo te escucho,
y me pongo bien atenta,
pues tu voz... tan varonil...
también es mi complacencia.
—Y la tuya, deliciosa,
cuyo timbre angelical
es caricia, fina seda;
tu sensual modulación,
femenina exquisitez...
—¡Para, para! Mis mejillas.
¿Qué no miras mi sonrojo,
este cálido arrebol?
—Ah, ¿ya ves? Las alabanzas
no resultan nada fáciles...
—Pues de sobra yo lo sé;
como fémina bonita,
los piropos en la calle,
en el súper, en el mall.
—Te comprendo, pues lo mismo
hay intrépidas mujeres
que me lanzan sus halagos,
inclusive hasta sus prendas...
Y ya vi, te dieron celos.
Ven, volvamos a lo nuestro.
—Bien. El hilo retomemos.
—Pero no con esa cara.
—¡Pues no tengo más que \"aquesta\"!
—Anda, ven, siéntate aquí.
—Está bien, me convenciste.
—Y ya ves que hasta los celos
—que hay en todas las parejas,
por el vínculo amatorio—
están bien entrelazados;
forman parte de nosotros,
pues son celos exclusivos,
al igual que los obsequios,
los recíprocos encomios.
Nos volvemos a tratar
ídem que otras ocasiones,
como dos enamorados.
Así fue, sin darnos cuenta,
que caímos en el hondo
sentimiento del amor.
Su papel jugó Natura: