Si puedes permanecer de pie
cuando el mundo entero se arrodilla ante el miedo,
cuando aquellos que juraron conocerte
usan tu nombre como un arma
y te señalan como culpable
de las ruinas que ellos mismos levantaron.
Si puedes mirarte al espejo
después de haber perdido tu nombre,
tu fortuna, tus amigos, tus certezas,
y decir:
«Todavía estoy aquí.»
Si puedes caminar sin aplausos,
sin testigos,
sin promesas de recompensa,
cuando nadie te espera al otro lado
y el camino parece haber sido construido
para demostrarte que no llegarás.
Si puedes ser traicionado
sin convertirte en traidor.
Ser odiado
sin aprender a odiar.
Ser herido
sin hacer de tu herida un trono.
Si puedes perdonar
sin olvidar la lección,
y recordar
sin convertir el recuerdo en una cadena.
Si puedes contemplar tus sueños
arder frente a tus ojos
y, entre las cenizas,
encontrar una piedra
con la que comenzar otra vez.
Si puedes perder diez veces
y levantarte once.
Si puedes fracasar
sin llamarte fracaso.
Si puedes caer
sin convertir el suelo en tu hogar.
Si puedes conquistar una montaña
y no creerte dueño del cielo.
Si puedes entrar en un palacio
sin sentirte superior al mendigo;
y entrar en una prisión
sin sentirte inferior al rey.
Si todos te abandonan
y aun así no abandonas tus principios.
Si todos te mienten
y aun así conservas la capacidad de decir la verdad.
Si nadie cree en ti
y tú tampoco necesitas
que crean en ti
para continuar.
Si puedes cargar con tus errores
sin dejar que se conviertan en tu identidad.
Si puedes mirar aquello que hiciste mal
y decir:
«Fui yo.»
Sin excusas.
Sin máscaras.
Y después:
«Pero no seré el mismo.»
Si puedes soportar el silencio
que llega después de luchar,
cuando ya no queda enemigo,
ni público,
ni recompensa,
ni siquiera una razón evidente
para seguir avanzando.
Si puedes continuar entonces,
cuando nadie está mirando,
cuando nadie lo sabrá,
cuando nadie te dará las gracias...
entonces habrás descubierto
la forma más peligrosa de fuerza:
la que no necesita ser reconocida.
Si puedes perderlo todo
sin perderte a ti mismo.
Si puedes reconstruir tu vida
con las manos ensangrentadas.
Si puedes comenzar de cero
sin avergonzarte del cero.
Si puedes caminar entre cadáveres de antiguas versiones de ti
sin resucitarlas por nostalgia.
Si puedes mirar al destino a los ojos
y negarte a preguntarle
qué tiene preparado para ti.
Si puedes decir:
«No me importa lo que hayas escrito.»
Y tomar la pluma.
Si puedes hacerlo
cuando tienes miedo.
Cuando estás cansado.
Cuando estás solo.
Cuando nadie viene.
Cuando todo indica que debes rendirte.
Entonces no serás invencible.
Serás algo mucho más difícil de destruir:
alguien que ya no necesita ser invencible para continuar.
Y cuando la vida finalmente te golpee
con toda la fuerza que tenga,
cuando el cielo caiga,
cuando tus sueños sean ceniza,
cuando el último camino desaparezca,
cuando no quede nada
salvo tú,
tu respiración,
tu voluntad,
y un pequeño espacio oscuro
donde todavía puedas dar un paso...
dalo.
Porque quizá la grandeza
nunca fue conquistar el mundo.
Quizá fue algo mucho más brutal:
que el mundo hiciera todo lo posible por destruirte
y, aun así,
no consiguiera decidir
en quién te convertirías.