El perfume de la muerte sonríe a mi vida,
y su aliento es veneno que me va consumiendo;
se posa en mi boca, me quema los labios,
y me arrastra despacio… sin que pueda oponerme.
La noche difunta canta con voz de sepulcro,
y la cruz sagrada, lejos, no me ampara ni escucha;
su canto es lamento, es lamento y es juicio,
que anuncia la hora en que todo se derrumba.
Caminos perdidos entre rosas de sangre,
cada flor brotó roja, brotó de mis heridas;
pisan mis pasos pétalos húmedos y tibios,
y el suelo que piso… se alimenta de vida.
Trompetas sonarán… graves, lúgubres, lentas,
pidiendo al olvido que borre hasta mi nombre;
que no quede rastro, ni polvo, ni sombra,
ni nadie que sepa que yo fui algún día hombre.
Lápida sin palabras, sin nombre, sin fecha,
fría como el hielo, muda y vacía;
no dará vida… ni llanto… ni consuelo,
solo silencio eterno… que todo lo enfría.
Y en estos últimos segundos… el mundo se desploma,
se quiebra el cielo, se apaga la luz entera;
caen lágrimas oscuras… negras como la muerte,
y me trago la sombra… y ya no existo… y ya no era.