JordiCris ✍️

A Charles Bukowski. ¡Quedaba la poesía!

 
 
“Cuando el espíritu se desvanece, aparece la forma”
 
Noches en que la ciudad parecía un cenicero
y él era el último cigarro encendido.
Los bares estaban llenos de nombres de hombres
que habían perdido algo
y de mujeres que sabían exactamente el qué.
 
Bebía para escuchar mejor su propio ruido
con aquella vieja puta que nunca le cobraba
porque ella se creía que ya vivían juntos
en aquella cochambrosa cama deshecha con una sola ventana.
 
Había mujeres, sí. Mujeres de labios cansados,
mujeres de hombres cansados, mujeres muy maquilladas,
pero de piernas hermosas y ojos muy tristes;
mujeres que llegaban a las cuatro de la mañana
y se marchaban antes de que amaneciera
dejando en la cama un perfume penetrante, un silencio sordo
y otra pequeña derrota cobrada con un par de billetes.
 
El sexo era a veces amor, o eso se creían ellos,
¡Ilusos oliendo alcohol! Con la corbata tan aflojada
como sus bolsillos rotos o dantescas almas;
y, otras veces, apenas dos desconocidos se buscaban
intentando no sentirse solos durante unas horas
en aquella ciudad que nunca dormía porque no sabia
que existía la noche para eso, no para perderse.
 
Y el fracaso… El fracaso estaba siempre allí, esperando,
sentado junto a ellos, bebiendo de su misma botella y vaso.
 
Pero, a veces, la luna regalaba un haz de luz y aparecía ella.
¡Quedaba la poesía!
 
Una hoja sucia. Una servilleta. Un cuaderno de apuntes,
una máquina vieja de escribir y un ordenador nuevo sin usar,
para un hombre sin demasiadas respuestas
para convertir todas sus heridas y fracasos en alguna victoria
en unas cuantas líneas que no oliesen a decepción.
 
Aunque él sabía que le esperaba a su rubia amante continua,
la cerveza, a la que le era noblemente infiel con vino y güisqui,
más de garrafón que de marca, aunque fuese mala.
 
Eso era todo; Beber. Perder. Desear. Volver a casa solo y escribir
en páginas níveas o sucias de tanta oscuridad con tinta gris.
 
Y levantarse al día siguiente con resaca y la absurda esperanza
de que todavía le quedaba algo por decir. Resistir. Beber. Fracasar y volver
a repetir aquel ciclo macabro de aroma a etanol y humo rancio,
pero, es que… Bukowski no escribió sobre la vida perfecta.
Escribió sobre la vida cuando se le cae el maquillaje
y solo quedan sus esperpentos, los antihéroes y los borrachos fracasados.
 
Y quizá por eso todavía lo leemos cuando la noche
se hace demasiado larga y necesitamos que alguien nos recuerde
que, incluso entre botellas vacías, camas deshechas y corazones rotos,
todavía puede aparecer un poema. Que dentro de una botella
de lo que sea puede habitar un genio. Un Bukowski, cualquiera.
aunque él no fuera un cualquiera, era él, Charles Bukowski.
 
Una flor en la acera húmeda y sucia donde el olor es de todo menos aroma;
pero, basta esa flor para embellecer un callejón tétrico e inmundo del alma
que torturada no sabe si busca redención, si está de vuelta o se está yendo
a base de suicidarse lentamente con la pasión del vicioso irreverente
mientras espera a su última y definitiva amante, la leucemia.
 
A más ver maestro del realismo sucio, me quedo con Pulp, el Cartero porque para “Haz de todo”, si ya no lo hice, se me pasó el arroz. Nos vemos en los bares de los círculos de Dante o entre el humo de sus hogueras.
 
 
CRISPÍN
Mi poesía
Poema Nº114
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