Nacemos con el universo en las manos,
un pequeño mapa de estrellas,
la habitación ordenada del comienzo,
y creemos —ingenuos—
que el mundo permanecerá así.
Pero el tiempo no sabe quedarse quieto.
Poco a poco,
las cosas pierden su sitio:
la infancia se vuelve fotografía,
los nombres se desprenden de los rostros,
las promesas envejecen
como madera bajo la lluvia.
Nuestro cuerpo aprende la entropía
antes que nuestra conciencia:
una cicatriz,
una cana,
un latido que ya no corre como antes.
Cada célula parece susurrarnos
que vivir también es desordenarse.
Y amamos.
Quizá por eso.
Porque sabemos, aunque no queramos saberlo,
que toda mano que sostenemos
algún día habrá de soltarse,
que toda casa guarda en sus paredes
el eco de quienes se irán,
que incluso los recuerdos
terminan perdiendo los bordes.
La entropía no pregunta.
Avanza.
Desordena las habitaciones,
las fotografías,
los cuerpos,
los planes.
Y, sin embargo,
encendemos una vela,
hacemos café para alguien,
plantamos un árbol
aunque no veremos su sombra completa.
Tal vez la vida sea eso:
un breve acto de resistencia
contra el desorden.
No vencerlo,
sino crear belleza mientras llega.
Porque quizá el sentido humano
no está en conservar intacto el universo,
sino en abrazar su inevitable caída
y, durante unos cuantos años,
poner una canción en medio del caos
y llamarla
vida.
Andrés Romo
con la colaboración de la IA
Poema no registrado a mi autoria
Método: 1 estrofa yo, 1 estrofa la IA