Me gustan los cafés de la mañana,
pero más me gusta sentarme con mi abuela,
comer los huevos que ella prepara
y encontrar una carita feliz
hecha con salsa de tomate.
No sé, me gusta.
Supongo que a veces la felicidad
también puede caber en un plato.
Me gusta caminar,
aunque a veces no sepa a dónde voy,
respirar este aire medio contaminado,
dejar que el sol me queme un poquito
y seguir, porque sí, porque hoy.
Me gusta tocar las flores,
sentirlas, mirarlas crecer,
y pensar que quizás ellas tampoco saben
exactamente qué están haciendo
cuando empiezan a florecer.
Me gusta mi torpeza,
perderme, equivocarme,
llegar tarde a mí misma
y después encontrarme.
Me gusta quién fui,
aunque no siempre me entendiera,
y me gusta quién soy,
aunque todavía no sepa bien
quién seré mañana.
Quizás estoy aprendiendo
a juntar mis pedacitos sin apuro,
a mirar a la niña que fui
con un poquito más de ternura.
No tuvo su mejor momento,
eso también lo sé.
Pero hizo lo que pudo
con lo que tenía,
y qué bonito pensar
que, después de todo,
todavía estoy aquí,
aprendiendo a querer
la persona que algún día seré.