Luis Barreda Morán

La Vieja Política

LA VIEJA POLÍTICA

No tiene rostro único
ni apellido permanente.
Cambia de camisa,
de bandera,
de discurso,
pero conserva las mismas manos
hundidas en los bolsillos de la patria.

La vieja política camina despacio
por los corredores del Estado,
con zapatos lustrosos
y promesas gastadas.

Conoce el idioma secreto
de las puertas que se abren,
de los contratos que esperan,
de las firmas que aparecen
cuando el pueblo duerme.

Ha aprendido a convertir el poder
en propiedad privada,
la ley en mercancía,
el voto en moneda,
la pobreza en clientela
y la necesidad del pueblo
en escalera para subir al poder.

No pregunta quién tiene hambre.
Pregunta cuántos votos tiene.

No mira al enfermo.
Mira el presupuesto del hospital.

No escucha al campesino.
Escucha el ruido de los negocios
que atraviesan las montañas.

Y cuando llega la elección,
se viste de pueblo,
abraza al niño,
estrecha la mano del anciano,
promete carreteras, escuelas, justicia,
y después de la urna
vuelve a cerrar las puertas.

Porque la vieja política
conoce la paciencia de los pobres.
Sabe que el hambre espera,
que la necesidad se arrodilla,
que una bolsa de alimentos
puede comprar un aplauso,
que un empleo puede comprar una familia,
que una promesa puede comprar un barrio.

Y así levanta sus palacios
sobre los hombros cansados
de quienes nunca fueron invitados
a la mesa.

Tiene amigos en todas partes.

En las oficinas donde se sellan papeles,
en los despachos donde se reparten contratos,
en los pasillos donde una llamada
vale más que una ley,
en los salones donde la patria
se divide en porcentajes.

Allí donde debería entrar la justicia,
entra el favor.

Allí donde debería hablar el mérito,
habla el apellido.

Allí donde debería decidir la ley,
decide el dinero.

Y mientras tanto
Guatemala sigue esperando.

Espera escuelas donde no haya goteras,
hospitales donde no falten medicinas,
caminos que no desaparezcan con la lluvia,
campesinos que puedan vivir de la tierra,
jóvenes que no tengan que despedirse
de sus madres para buscar un futuro lejos.

Pero la vieja política
siempre encuentra una nueva excusa.

Dice que mañana.

Dice que después.

Dice que no hay presupuesto.

Dice que hay que tener paciencia.

Y mientras el pueblo espera,
ella reparte.

Reparte cargos,
reparte favores,
reparte contratos,
reparte silencios,
reparte culpas.

Y cuando alguien pregunta
dónde está el dinero,
la vieja política mira al cielo
con una solemnidad de estatua
y pronuncia palabras enormes:

institucionalidad,
gobernabilidad,
democracia,
desarrollo.

Pero debajo de esas palabras
duermen los mismos negocios.

Porque la vieja política
ha aprendido a esconder el hambre
detrás de un discurso elegante.

Ha aprendido a llamar
“gestión” al privilegio,
“alianza” al pacto secreto,
“negociación” al intercambio de favores,
“gobernabilidad” al silencio comprado.

Y tiene otra habilidad:

cambiar de nombre.

Cuando el pueblo descubre su rostro,
se pone otro.

Cuando una bandera se desgasta,
levanta otra.

Cuando un partido se hunde,
construye otro.

Cuando un candidato pierde,
inventa uno nuevo.

Pero debajo de cada máscara
continúa respirando
la misma criatura.

La criatura que entiende el Estado
como una hacienda.

La criatura que cree
que la patria tiene dueño.

La criatura que confunde
el poder con la propiedad
y la ciudadanía con obediencia.

Pero hay algo que todavía no comprende.

No ha entendido
que los pueblos también aprenden.

Que la memoria crece
como una raíz debajo de la tierra.

Que cada promesa incumplida
queda escrita en alguna parte.

En la madre que no encontró medicina.

En el joven que tuvo que emigrar.

En el maestro que enseñó sin recursos.

En el campesino que vendió su cosecha
por debajo de su valor.

En el trabajador que pagó impuestos
mientras veía enriquecerse a los intocables.

Todo queda escrito.

Nada desaparece.

La patria recuerda.

Y llegará el día
en que las palabras del pueblo
serán más fuertes que los discursos
de quienes hicieron del poder
una herencia familiar.

Llegará el día
en que el voto no sea mercancía,
en que el ciudadano no sea cliente,
en que el funcionario no sea dueño,
en que la ley no tenga precio.

Llegará el día
en que una oficina pública
sea verdaderamente pública,
en que el presupuesto tenga rostro humano,
en que cada quetzal perdido
duela como una herida nacional.

Entonces la vieja política
mirará alrededor
y descubrirá que sus puertas
ya no tienen cerraduras suficientes.

Porque afuera estará el pueblo.

No el pueblo de las fotografías electorales.

No el pueblo de los discursos.

No el pueblo que aparece
cuando necesitan votos.

Sino el pueblo verdadero:

el que trabaja,
el que madruga,
el que cultiva,
el que estudia,
el que cura,
el que construye,
el que sostiene con sus manos
la casa entera de la nación.

Y ese pueblo levantará la mirada.

No para pedir permiso.

Sino para reclamar
lo que siempre le perteneció:

su dignidad,
su futuro,
su Estado,
su justicia.

Entonces la vieja política
comprenderá demasiado tarde
que ninguna estructura de poder
es eterna.

Que ningún apellido
puede ser más grande que un país.

Que ningún contrato
puede comprar para siempre
la conciencia de un pueblo.

Que ningún palacio
puede proteger eternamente
a quienes construyeron su riqueza
sobre la pobreza de los demás.

Y cuando llegue esa hora,

cuando las puertas se abran
y entre por ellas
el aire limpio de una ciudadanía despierta,

la vieja política
no caerá como cae una piedra.

Caerá como cae una sombra
cuando aparece el sol.

Porque la sombra nunca fue eterna.

Era solamente
la ausencia de luz.

Y Guatemala,
esta Guatemala herida y hermosa,
esta Guatemala de montañas profundas,
de maíz, de lluvia, de volcanes,
de pueblos que resisten
y de hombres y mujeres
que todavía creen en el mañana,

volverá a levantar la cabeza.

Entonces el Estado
dejará de ser botín.

La ley dejará de ser mercancía.

El voto dejará de tener precio.

Y la patria, por fin,
no tendrá dueños.

Tendrá ciudadanos.

Y sobre las ruinas
de aquella vieja manera de gobernar,
cuando ya no queden puertas cerradas
ni pactos debajo de la mesa,

cuando el último privilegio
haya perdido su máscara,

cuando el último servidor público
comprenda que servir
significa servir al pueblo,

entonces Guatemala podrá decir,
sin miedo y sin pedir permiso:

esta tierra no pertenece a quienes la gobiernan;
pertenece a quienes la sostienen.

Y ese día,

cuando el pueblo deje de caminar
detrás del poder
y el poder tenga que caminar
detrás del pueblo,

la vieja política
será solamente un recuerdo:

una larga noche
que creyó que el amanecer
nunca llegaría.

—Luis Barreda/LAB