Lo he saqueado
y lo aspiro,
y lo nombro,
y lo llamo,
y lo sueño.
Ignoraba el vacío de su ausencia.
Primero hubo gritos, miedo,
desamparo;
las aves se llevaron su canto.
Hay trenes y trenes y barcos,
y las almas se marcharon.
Y hay filos y letales dagas,
y hay hombres,
y aire detenido,
y pasos despistados.
Y entre el caos me descubro:
riendo a solas,
llorando a ciegas,
muriendo a pausas.
Y oigo decir al gemido:
«¡Lo siento! ¡Lo siento...!».
Estarse quieta al fin,
ajena,
muerta de toda muerte.
Sabiendo
—con un resto de asco o de ternura—
que esto que llamé mío
no era más que tu rastro.
—m.c.d.r.