Vuelve la luz, y las sombras se retiran,
como si el miedo olvidara sus propias reglas;
regresa intacto aquello que perdimos
cuando la duda, como un gesto torpe,
cerró de golpe lo que estaba abriéndose.
Primero silencio,
después dos saludos cruzaban la distancia
y al caer la noche,
una duda persistía en la idea
de la posibilidad de una puerta abierta.
Parecían palabras inocentes,
apenas el saludo y la costumbre,
pero debajo ardía lo que el pavor
juzgaba demasiado, o imposible.
Fuimos guardando el deseo en lo pequeño,
en una pausa, un signo, una demora,
en el instante en que el dedo, ya en el aire,
decide no escribir lo que otros callan,
en todo lo que nunca pronunciamos
y, sin decirlo, ambos comprendíamos.
Quizá las sombras solo fueron eso:
el temor anticipándose al deseo,
la inseguridad poniendo nombres
—\"prudencia\", \"realidad\"—
a aquello que temíamos perder,
como quien mira el mar desde la orilla
y calcula la fuerza de las olas
sin atreverse a mojarse los tobillos.
Pero ninguna noche es para siempre.
Hay luces que conocen el regreso
y encuentran, bajo el polvo de los días,
lo que permaneció esperando intacto,
como un imán que no ha perdido el norte
aunque pase años sin tocar el hierro.
Ahora vuelve una luz tenue;
no exige nada,
no pregunta por qué tardamos tanto,
no reclama los meses de silencio
ni los buenos días que fueron eco.
Simplemente ilumina aquel camino
que nunca, en realidad, abandonamos,
ese trayecto breve donde caben
dos tazas, una mesa, un corazón
que baila en la pantalla de un teléfono
sin pedir permiso para ser feliz.
Tal vez amar consista algunas veces
en esperar que el miedo se retire,
y descubrir, cuando regresa la luz,
que aquello que callamos sigue vivo,
y que el amor, a veces, es un baile
que empieza con dos puntos y un paréntesis
y termina, si hay suerte, en un latido.
José Antonio Artés Sánchez