Hay miradas.
Hay miradas
que no llegan a los ojos.
Viajan más al sur,
donde el cuerpo
se queda sin excusas
y la tarde
empieza a desvestirse sola.
El viento
aprende despacio
la geografía de la piel,
mientras el sol
se derrama
sobre los hombros
como miel tibia
que invita a beber.
La noche
baja la voz
y la luna
se queda mirando
la silueta
de los dos.
Por un instante,
el aliento
se vuelve brisa.
Y el mar,
cómplice,
rompe sus olas
contra la orilla.
Les basta una mirada.
Nadie dice nada.
Porque hay deseos
que no necesitan tocarse
para incendiar la piel.
Y, sin embargo,
todo parece
estar a punto
de suceder.
Pero la noche
guarda el último beso
detrás de sus labios.
© Maby de los Peña
15 de Agosto 2026