La claridad de tus ojos
Por ti permanezco
junto a los alumnos,
en ese lugar donde el día todavía aprende
a pronunciar su claridad.
Me envuelven tus miradas,
delgadas como el aire
que pasa entre las hojas
sin apartarlas de su sitio.
Y yo permanezco allí,
en el claro de tu rostro,
donde la alegría acontece
como un vértigo lento,
como una caricia que no termina de tocar.
He aprendido de tus ojos
la forma secreta de las hojas:
su manera de abrirse
sin abandonar la raíz.
Por ti amo los cerros
cuando la tarde los entrega
a la marea inmensa de las estrellas.
Amo la tierra cuando oscurece
y todavía guarda tu voz,
esa voz que camina por las avenidas
como quien busca un lugar
donde el corazón pueda demorarse.
No olvido tu voz.
Porque al recordarla
mi alma se hace astillas
y cada astilla conserva
una parte de tu presencia.
Así permanezco atado a ti:
no como quien posee un recuerdo,
sino como quien habita un camino
que todavía no termina.
Atado a tu lucha,
a tu inquietud,
a esa herida del mundo
que atraviesa tus días
y que llega hasta mí
como un perfume antiguo de primavera.
Tu lucha también me llama.
Hay en ella algo que no se deja nombrar,
algo que permanece abierto
como la tierra antes de la siembra.
Y tu corazón,
cuando se abre,
es una corola que no busca retener la luz:
la recibe
y la entrega.
Quizá amar sea esto:
permanecer cerca de lo que se abre,
acompañar aquello que todavía no llega,
escuchar en silencio
el pensamiento que germina
bajo las palabras.
Y entonces comprendo
que tus designios
no son solamente tuyos.
Van hacia la tierra,
hacia los otros,
hacia esa siembra invisible
donde el pensamiento
se encuentra consigo mismo
y, al encontrarse,
se vuelve amor.