Antonio Portillo

La voz y la tinta

 

El ojo corre sobre la página
como el agua sobre la losa limpia:
no bebe, no tropieza,
devora la línea antes de que el blanco acabe.

Es la prisa de saber,
el hambre muda que salta de un signo a otro
sin dejar que la piedra se asiente en el fondo.

Pero la palabra dicha
necesita el pecho.
Pide el aire caliente de la garganta,
el freno de los dientes,
la saliva que moja el borde de la lengua
antes de soltar el peso de una sílaba al cuarto.

Al pronunciarla,
el tiempo deja de ser una línea recta:
se vuelve un cuerpo que ocupa espacio.
Golpea la pared, roza la madera,
empuja el aire denso de la estancia
hasta que otro oído
lo recoge y lo apaga con su propia respiración.


Antonio Portillo Spinola ©