Y vuelvo, modesto, acaso a aquella
vieja costumbre que se asemeja
a un monstruo irascible y tosco
del que su tiranico rigor nada nos deja
objetar, la percibo y recibo tal que fuera una cosa
inconcebible, única e inconstante y de
un valor igual a la promesa de una
mujer que me dejó, para irse al Paraguay.
Efectivamente, es la ansiada soledad,
maldición y don, desechada y anhelada,
es hoy mí fuego interno que deriva
en ceniza. Una llama que se prende en el alba
y se apaga en la noche, hoy me deja su calor
perdido, quien me dirá ahora lo que mañana será olvido.