Quiero mi casa llena de chiquillos,
con risas que despierten los balcones,
que el sol se desparrame en los pasillos
y el viento haga juguetes de canciones.
La quiero con su lámpara encendida,
con pan sobre la mesa y esperanza,
con esa antigua música de vida
que en cada corazón deja confianza.
Quiero que, por sus patios, lentamente,
camine la memoria de mis padres,
y que el tiempo, ese río irreverente,
no borre de sus muros nuestras tardes.
Que haya barro en los pies y luna llena,
cometas enredadas en los pinos,
y un perro custodiando la faena
de ver crecer los sueños campesinos.
Porque una casa no la hacen sus muros,
ni el mármol que presume su riqueza:
la casa verdadera echa sus frutos
cuando el amor convierte el pan en mesa.
Y si algún día el mundo, envejecido,
me pregunta qué tuve y qué me queda,
diré: mi casa, el fuego compartido;
la vida es lo que el corazón hospeda.
JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026