Gritaban y murmuraban, e infames serpientes se arremolinaban escupiendo fuego. Se mataban unos a otros y se echaban a reír, se mordían y aullaban.
Sus hachas eran de dientes y de garras; comían carne de carroña, bebían sangre del matadero y lloraban de felicidad. Era una legión.
El escalofrío me subía desde los talones hasta la espalda y mi sudor era un témpano de hielo. Mi voz se apagaba, mi garganta se secaba. Había una pira y yo estaba en la cima; cuervos negros sobrevolaban. La leña se quejaba y gemía, porque no era leña: eran cuerpos, una montaña kilométrica que se alzaba a intervalos. Caían desde lo alto con el movimiento sincronizado de una larva. El viento a veces se detenía y nubes de polvo se levantaban, volviendo borroso el paisaje.
Enjambres de moscas cubrían el cielo y se avorazaban sobre las cuencas cadavéricas que yacían en la tierra.
Y mis esperanzas eran absorbidas.
—m.c.d.r.