Cándidamente cándidas
tus pestañas bajaban.
Yo que te contemplaba,
inquirí a media voz
¿Me amas?
Tus labios, temblorosos,
no dijeron palabra.
Tu muda candidez
oprimiéndome el alma,
mantenía mis ojos
buscando tu mirada.
En el centro del patio
la fuente susurraba
aquel líquido rezo
de la figura alada
de un antiguo dios griego
que impávido miraba,
mientras su amor, amado,
amor dulce le daba.
La figura del cisne.
El rumor de las aguas.
La quietud de la noche.
Y tu boca callada,
crearon un romance
que aún germina en mi alma.