Arde la cama como un monte en llamas,
un incendio forestal en la almohada,
tu espalda es carbón encendido,
mis manos, un par de astillas secas.
Aquí no hay metáforas elegantes:
esto quema,
huele a humo,
nos consume el pellejo
y el sudor es gasolina de noventa y tres octanos.
Pero en mitad de la catástrofe,
cuando la temperatura supera los mil grados
y los bomberos ya tiraron la toalla,
saco la válvula de seguridad:
Un beso de hielo en la nuca.
Una caricia despacio, muy despacio,
como quien toca un vaso de cristal roto.
Un soplo suave en tus pestañas,
el extintor manual de tu cuello.
Pasa el peligro de combustión espontánea
y nos quedamos rozando las yemas de los dedos,
tiernos como dos sobrevivientes,
mirando las cenizas,
esperando a que se encienda de nuevo
la chispa.