He conocido un odio afónico,
que golpea con la mirada,
sabe gritar sin decir nada
y maldecir con el vacío.
Soy un extraño entre estos muros,
siento el juicio de las paredes,
me señalan con su silencio,
me acusan de usurpador.
Nada es seguro, ¡corre!
gritan mis pies.
El oasis resultó
ser una trampa de cristal.
No veo la puerta,
y aunque nunca entré,
ahora no sé cómo salir
de este laberinto
hecho de frases,
de asentir y sonreír.
¡Ay, viejo miedo de mis adentros!
¿Hasta cuándo serás dueño
de mi alma y su libertad?
Mientras tanto me resigno,
invisible,
anestesiado,
como un espectro hecho de pasado,
como una noche que aguarda su fin.