Antonio Portillo

El peso en las manos

 

​La madera del mango ya no es árbol ni corteza:

es una hendidura suave,

un cuenco oscuro tallado por la prisa del pulgar

y por la sal de tres mil días iguales.

​No hay misterio en el hierro ni memoria en la veta.

Hay solo un frotar terco,

una pulida lenta donde el metal va perdiendo sus aristas

y la piel va dejando su rastro de grasa y de cansancio.

​La herramienta no recuerda a quien la sostuvo:

se limita a ceder.

Ha gastado sus esquinas contra el hueso de la palma,

ha ganado el brillo ciego

que dejan las manos cuando vuelven siempre

al mismo sitio a buscar la misma fuerza.

​Se han ido desgastando juntas,

la materia dura y la carne que aprieta,

hasta que no se sabe

si el mango ha tomado la forma de los dedos

o si son los dedos los que ya no saben cerrarse

sin la medida exacta de ese frío.

 

Antonio Portillo Spinola ©