Poesía en llamas

EL JARDIN DE INGRID Capitulo 2

Capítulo II

EL VALLE BLANCO

 

Eirik atravesó montañas cubiertas de nieve y bosques donde el silencio parecía más antiguo que los propios dioses.

Durante generaciones se había dicho que el Valle Blanco era tierra sagrada de Freyr, señor de la fertilidad y la prosperidad, y que allí florecía el mayor de los tesoros del norte.

La Flor del Alba era aún más hermosa de lo que contaban las leyendas.

La única flor del valle que desafiaba los inviernos.

Parecía guardar un amanecer entre sus pétalos.

Encontrarla no fue fácil pero allí estaba era exactamente igual que la flor tallada en madera que le había dado la curandera.

Siete pétalos blancos.

Un corazón de oro.

Cuando Eirik se disponía a regresar, varios soldados lo rodearon y arrestaron como prisionero.

Horas después comparecía ante el rey Sigurd, acusado de ser un espía del rey Harald.

El rey Sigurd escuchó toda su historia sin interrumpirlo.

Eirik había cruzado la frontera porque su hija se estaba muriendo y la única esperanza era la Flor del Alba, y había prometido salvarla.

Después dijo únicamente:

—Ven conmigo.

Lo condujo hasta una estancia en penumbra.

Sobre un lecho dormía una joven de rostro pálido.

—Mi hija.

Freya.

La misma enfermedad.

El mismo dolor.

La misma desesperación.

—Freya no verá otro amanecer, dijo el rey Sigurd.

Erik comprendió que la hija del rey Sigurd estaba aun mas cerca de la muerte que Ingrid o la propia hija del rey Harald.

Después el rey rompió el silencio.

Solo hay una decisión posible.

Se volvió hacia Eirik.

—Esta flor ha nacido en mi reino.

Mi hija agoniza.

Y antes de ser rey…

También soy padre.

Salvarás a Freya.

O serás ejecutado.

Eirik bajó lentamente la mirada hacia la flor del Alba.

Con enorme cuidado abrió el cáliz marchito, y pequeñas semillas cayeron sobre la mesa.

Eirik sonrió por primera vez.

Porque todos buscaban la cura.

Nadie pensó en el mañana.

Freya fue recuperándose poco a poco al ingerir los pétalos mágicos.

Se volvió hacia Sigurd.

—Dadme un año, majestad.

-Cultivaré estas semillas, con la esperanza de que no sea demasiado tarde y pueda salvar a mi hija.

Sigurd permaneció en silencio.

Pero antes de aceptar, Eirik bajó la mirada.

—Hay algo que debéis saber.

El rey frunció el ceño.

—¿Qué?

—No os he mentido.

Pero tampoco os he contado toda la verdad.

El silencio llenó la habitación.

—Crucé vuestra frontera porque mi hija está muriendo.

Eso era cierto.

Pero no es la única razón.

Levantó la vista.

—El rey Harald me envió hasta aquí.

Sigurd dio un paso atrás.

—¿Harald?

—Su hija, Astrid, sufre la misma enfermedad.

Me prometió una recompensa si regresaba con la Flor del Alba.

Pero también me advirtió que, si volvía sin ella…

…me esperaba la horca.

Durante unos instantes, Sigurd no dijo nada.

Frente a él solo había un hombre valiente y sincero.

Un padre que había cruzado montañas, desafiado fronteras y puesto su vida en manos de los dioses, merecía una oportunidad.

El rey miró a los ojos de Eirik intentando ponerse en su lugar.

Durante unos instantes ninguno de los dos dijo una palabra.

Sigurd pensó en ese instante que tal vez los dioses no tienen previsto conceder milagros.

Quizá solo enseñan a los hombres dónde sembrarlos.

—¿Y aun así quieres salvar también a la hija de mi enemigo?

Eirik respondió sin dudar.

—Cuando nuestros hijos luchan por vivir, todos los padres sienten lo mismo.

El rey Sigurd bajó lentamente la mirada.

Por primera vez en cuarenta inviernos, no vio al hombre que venía del reino enemigo.

Vio a un padre.

Y quizá también a un amigo.

Y comprendió que la verdadera fortaleza no siempre está en los muros de un castillo, ni en la fuerza de un ejercito…

Sino en la voluntad de proteger aquello que mas amamos.

 

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