Llevaba tantos nombres escritos en su espalda,
tantas cicatrices marcando
esas horas amargas e infelices,
aquella promesa eterna
tardo menos de dos segundos
en romperse.
No fue un final,sino más bien
una condena hasta la muerte,
que cada día pasaba sobrevolando
y rozando con irónica cobardía
ese sillón tullido,
que se quejaba cada vez que él se balanceaba
dejando correr el estupido tiempo
mientras a su vera
dejo de cantar para siempre
el ruiseñor que nunca fue a la
Iglesia.