Hoy te vi desde los ojos de alguien más.
Y fue extraño, porque durante meses solo supe mirarte desde los míos: desde el dolor, la culpa y todas las preguntas que quedaron después de perderte.
Hoy te vi desde afuera.
Y te vi pequeña.
Te vi triste.
Y me rompió de una manera distinta.
Sé que tengo culpas. Sé que cometí errores. Sé que hubo momentos en los que no supe amarte como necesitabas y que también te hice daño.
No fui perfecto.
Pero hubo algo que nunca estuvo en duda:
yo te amé.
Te amé con la intensidad de quien ama con todo su ser.
Te entregué mi alma sin pedirte nada a cambio, salvo que me vieras. Que vieras al hombre detrás de sus errores, sus miedos y sus imperfecciones.
Solo quería que me vieras y me amaras.
Y aun en nuestras peores peleas, nunca dejé de verte como una diosa.
Hoy entendí algo que durante meses no pude ver.
Pensé que, si hubiera sido mejor, si hubiera dicho las palabras correctas, si hubiera hecho las cosas de otra manera, quizá todavía estarías conmigo.
Pero yo siempre supe lo que quería.
Te quería a ti.
No necesitaba buscarme en otras personas. No necesitaba preguntarme si quería estar contigo.
Yo sabía.
Quizá tú no.
Quizá todavía estás buscando. Quizá estás intentando encontrarte en lugares que yo no entiendo.
Y ya no me corresponde.
Porque todos estos meses pensé que mi dolor me acercaba a ti.
Hoy entendí que me estaba acercando a mí.
Cada lágrima, cada noche, cada canción, cada vez que quise llamarte y no lo hice, me estaba enseñando a regresar a la única persona que había abandonado intentando no perderte:
yo.
Y eso es lo que me llevo.
No que estés con alguien más.
No que quizá ya no me quieras.
No que nuestra historia haya terminado.
Me llevo la certeza de que puedo amarte sin seguir abandonándome.
Sí, te amé.
Te amo.
Y quizá una parte de mí te amará siempre.
Pero amar para siempre no significa esperarte para siempre.
Significa aceptar que fuiste real.
Que fuiste importante.
Que cambiaste mi vida.
Que dejaste una marca que quizá nunca desaparezca.
Y aun así, seguir caminando.
Hoy te vi desde los ojos de alguien más.
Y por primera vez no pensé:
“¿Por qué no me escogiste?”
Pensé:
“Ojalá algún día vuelvas a sonreír como yo recuerdo que sonreías.”
Y me fui.
No porque dejara de amarte.
Sino porque finalmente entendí que todos estos meses de dolor no eran el camino para volver a ti.
Eran el camino para volver a mí.
Y esta vez, sé exactamente dónde quiero estar.
Conmigo.