Ayer, cuando el sol se hundía,
dejó caer sobre España
un torrente de oro vivo
que los campos incendiaba.
Mirando absorto los montes,
las aldeas y sus plazas,
parecía que en su tierra
se le clavó la mirada.
Desde el confín de los cielos,
la luna soltó una lágrima;
tantos siglos a su lado
y él nunca la contemplaba.
–¿Qué miras, sol de mis noches?
¿Qué secreto allí te llama?
¿Por qué apartas de mi cuerpo
esa encendida mirada?
¿Son sus ríos más hermosos
que mi figura de plata?
¿Deseas más a sus mares
que a la noche que te guarda?
Celosa, la luna quiso
poner fin a su esperanza;
y siguió al sol a escondidas
hasta encontrar su morada.
Cuando el sol puso en castilla
su más ardiente mirada,
la luna interpuso entre ambos
la desnudez de su estampa.
Le tapó al sol la visión
que tanto le encandilaba;
y España acogió en silencio
una noche anticipada.
Temblaron valles y montes,
callaron aves y ramas;
y el día vistió de luto
su luminosa mañana.
–Sol, mira mi cuerpo ahora
que no puedes ver a España.
Mírame, pues por amarte
he cometido esta falta.
Pero el sol guardó silencio
detrás de la sombra amarga,
y la luna, por momentos,
creyó copar su mirada.
Mas poco dura en el cielo
la dicha de una engañada:
la sombra empezó a marcharse,
la luz volvió a la montaña,
y el sol, libre de su velo,
contempló de nuevo a España
y le abrió, antes del ocaso,
su luminosa ventana.
La luna encontró de nuevo
su tristeza solitaria.
Comprendió que ni con celos
alteraría su calma.
Con resignación acepta
que aunque su corona blanca
reine en las horas nocturnas,
no hay belleza que se iguale
con los encantos de España.